8. Viajar a Cabo Verde

El tío Rafa se trasladó hace poco a la isla de Fogo, en Cabo Verde, con la intención de disfrutar allí de su jubilación. A mí me pareció una ocasión estupenda para viajar y a Rafa, mi Rafa, también le apeteció mucho el destino, así que, sin pensárnoslo demasiado, conseguimos unos billetes de avión y reservamos alojamiento, el mismo que había acogido a mi tío a su llegada.

No teníamos un plan demasiado perfilado, la idea era simplemente conocer el país y hacerlo en plan tranquilo. El tío Rafa nos dio alguna información que necesitábamos: no hace falta vacunarse, el visado lo hacen sobre la marcha en el aeropuerto y cuesta 25 euros, la temperatura ronda los 30 grados durante todo el año y agosto es temporada de lluvias, los mosquitos no son más voraces que en España, se habla portugués y kriolo, la moneda se llama escudo caboverdiano (1 euro son 110 ecv) y no hay problema para encontrar cajeros automáticos donde conseguirlos por una pequeña comisión.

Hay otras opciones para llegar a Fogo, pero elegimos Málaga-Casablanca-Praia-San Felipe. (Praia es la capital de Cabo Verde y está situada en la isla de Santiago y San Felipe es la capital de Fogo). Siempre me ha resultado emocionante volar y, salvo un pequeño susto cuando mi maleta no apareció en la cinta del aeropuerto de Praia, el viaje de ida transcurrió sin complicaciones y con alguna sorpresa agradable como la de comprobar que Royal Air Maroc te sirve una comida en cada uno de sus trayectos. El viaje supuso un total de 23 horas, incluidas esperas en los aeropuertos.

Aterrizamos por fin en San Felipe, en la mínima expresión de un aeropuerto. Sobrevivimos a un aterrizaje que incluyó baches y derrape y después a una avalancha de maletones enormes que se amontonaron al final de la cinta transportadora de apenas tres metros. Ya en la calle nos encontramos con el tío Rafa que nos esperaba con Edie, el que sería durante toda la estancia nuestro “taxista de cabecera”.

Antes de continuar hacia Mosteiros, nuestro destino final, entramos en el centro de San Felipe donde el tío Rafa hizo algún recado y nos llevó a desayunar cachupa refogada, un guiso de frijoles y maíz que se acompaña con huevo y chorizo fritos. Las primeras sensaciones, entre la confusión por el cansancio del viaje, la falta de sueño y el cambio de hora (tres horas menos que en España), fueron el calor húmedo, las calles empedradas, las casas humildes, la piel en todos los tonos del chocolate de los caboverdianos y la sonoridad de su idioma.

Fogo es una isla volcánica de forma cónica de unos 400 km2 y 3000 m de altura máxima, así que las carreteras y pueblitos se sitúan todos rodeando las calderas, retrepados en la falda que desciende hasta el mar. La ruta habitual para ir de San Felipe, que está en el suroeste de la isla, a Mosteiros es por el norte puesto que el trayecto es más corto y la carretera está asfaltada. Sin embargo el tío Rafa le pidió a Edie que nos llevara por el sur. El paisaje es impresionante: la carretera perfectamente empedrada con rocas partidas a maza serpentea a buena altura por laderas de roca negra. El océano de intenso azul toma tonos aguamarina, celeste y blanco al encontrarse con los acantilados de lava. Paramos en un mirador y pudimos hacernos una foto con la cima del volcán pequeño al fondo. Es difícil conseguirlo, nos dijeron, porque suele estar cubierta por las nubes.

Atravesamos varias aldeas, todas parecidas. Las casas tradicionales son de piedra negra y forma ortoédrica, aunque ahora se construyen con bloques de hormigón normalmente sin enlucir. Muchas no tienen puertas o ventanas, o dejan ver prolongaciones de sus cimientos o pilares, como si estuvieran aún en construcción. Apenas transitan vehículos por la carretera, pero sí nos cruzamos con personas que van a pie no se entiende muy bien hacia dónde. La sensación de aridez va desapareciendo al acercarnos a Mosteiros.

Mosteiros es un conjunto de barrios. El más grande, pero apenas un pueblo, es Igrejia, al borde del mar. Ahí están el ayuntamiento, juzgados, correos, bancos, biblioteca, auditorio, gasolinera… El resto de los barrios son pequeñas aldeas diseminadas a mayor altura, en la ladera de la montaña. Nuestro alojamiento, el Gira Lua, estaba en uno de ellos: Pai Antonio. Las cuestas, siempre empedradas, para llegar hasta él son considerables por lo que continuamente hay un cierto trasiego de taxis y transportes colectivos. El calor se atenúa a medida que se sube, y el intenso verdor de la vegetación y la niebla que casi permanentemente cubre la cumbre dan sensación de frescor.

Pai Antonio desde la terraza de Gira Lua
Pai Antonio desde la terraza de Gira Lua

El taxi nos dejó por fin en una suerte de plazoleta. Desde allí al Gira Lua hay que recorrer un caminito angosto de unos 150 metros con las maletas a cuestas. Nos recibió Djuly, alma máter del Gira Lua y, como pudimos comprobar después, toda una institución en Mosteiros, en parte por ser la única habitante blanca pero sobre todo por su carácter abierto, alegre y arrollador. Las dos habitaciones de la casa rural comparten un único baño, pero por suerte durante nuestra estancia seríamos los únicos huéspedes. El cuarto es agradable y la ventana ofrece una bucólica vista de las casitas grises de Pai Antonio apiñándose entre plátanos, papayas, mangueros y campos de frijol, maíz y café. El baño nos regalaría toda una serie de pequeñas incomodidades que asumimos con filosofía caboverdiana: la cisterna se averió y ahora consiste en un cubo que hay que llenar de agua cada vez, el lavabo tiene una fuga que encharca todo convenientemente cuando se utiliza… y los ciempiés, que circulan por miles por terrazas, escaleras y pasamanos, se aventuran también en el plato de la ducha. Dejamos las maletas y subimos al pequeño bar a tomar nuestras primeras cervezas heladas.

La primera ducha y quitarnos aquella ropa del viaje fueron todo un placer y pronto salimos a dar un paseo de reconocimiento por los alrededores. El lugar es tranquilo y seguro, nos dijeron, y enseguida pudimos comprobarlo. Siguiendo carretera arriba está el barrio de Cotelo Alto. Hacia abajo, se toma la carretera hacia Igrejia. Me impresionó el exotismo del paisaje, el verdor de las plantas tropicales, la amabilidad de los vecinos y la sencillez con la que viven: cada familia tiene su pequeño cultivo, gallinas, una o dos cabras, un burro y tres o cuatro cerdos. No parecen necesitar más. Los hombres trabajan por la mañana y al anochecer se sientan en la calle a charlar tranquilamente y a tomar una cerveza o un grog. Las mujeres cocinan, lavan la ropa a mano (Marisa nos la dejó impecable por 500 ecv), tuestan café, venden mercancías que cargan en la cabeza… los niños juegan en grupos en las calles por las tardes, y por las mañanas, como están de vacaciones, ayudan en el campo, dan de comer a los animales o hacen recados. Es fácil verles también a ellos con un cubo en la cabeza transportando alguna mercancía: queso, carne de cerdo, fruta…

Marisa y Rosi, los vecinos de Gira Lua. De espaldas, unos de sus cinco hijos.
Marisa y Rosi, los vecinos de Gira Lua. De espaldas, unos de sus cinco hijos.

El primer amanecer en Mosteiros (igual que todos los siguientes) se produjo a unas intempestivas cinco y pico de la mañana. Un gallo dio el kikirikí de salida y pronto hubo todo un coro de ellos al que se unieron los rebuznos lastimeros y prolongados de los burros, los ladridos de los perros, los gruñidos de los cerdos y las voces de los vecinos que comenzaban la jornada. Como intentar dormir en la granja de Pepito. Desde nuestra ventana, entre brumas y con las primeras luces del día, podíamos oír y ver el despertar de Pai Antonio. Un espectáculo que me cautivó cada día. A las ocho de la mañana Djuly nos servía un copioso desayuno: café (tostado por una vecina), pan, mantequilla, membrillo, fruta, queso freso de cabra…

Jaka para desayunar
Jaka para desayunar

Los días transcurrieron tranquilos, tal y como pretendíamos. Por las mañanas dábamos un paseo grande y por las tardes siesta y pasar el rato en el Gira Lua hasta las nueve o nueve y media, hora en que nos íbamos a dormir. Unas mañanas nos aventurábamos en la montaña siguiendo los empinadísimos caminos trazados por los campesinos. Muchos tienen sus cultivos arriba en pequeñas terrazas, y llegan allí en chanclas, con la carga en los hombros o en los lomos de sus burros. A nosotros el esfuerzo y la neblina nos dejaron la ropa mojada y pegada al cuerpo, pero la belleza del bosque, las terrazas y las vistas son impresionantes.

Otros días nos acercábamos andando a Igrejia, una caminata cuesta abajo de unos veinte minutos. Era curioso cómo la sensación de calor y humedad aumentaba al acercarnos al nivel del mar. En Igrejia nos encontrábamos con el tío Rafa, que tiene allí su casa. Nuestra actividad favorita era ver llegar las barcas de pesca a la pequeña playita que hace las veces de puerto. Hacia las diez de la mañana van llegando una a una y los pescadores las empujan hasta dejarlas varadas en la arena negra. De debajo de un tablón que cubre el fondo de la barca sacan su pesca: morenas, pequeños atunes, chicharros… algunos los destripan allí mismo mientras los niños ayudan a limpiar y secar el interior de las barcas. Pronto tomamos la costumbre de otear el mar por la mañana desde el mirador del Gira Lua (un mirador con unas vistas impresionantes en todas las direcciones) para ver cuántas barquitas habían salido a pescar.

Normalmente la comida a medio día la hacíamos en Dina, un pequeño restaurante de Igrejia. Allí aprendimos pronto a pedir el menú del día que cuesta 350 ecv (3’50 euros) y que normalmente consiste en pollo, pescado o frijoles, todo acompañado siempre de verdura cocida (calabaza, boniato, patata…) y arroz thai blanco. Naninha y sus compañeras nos atendieron siempre con amabilidad y pudimos despedirnos con cariño de ellas el último día. Después de comer no era difícil localizar a Edie o cualquier otro taxista que nos subiera hasta Gira Lua por 300 o 400 ecv.

Después de una ducha, necesaria porque cualquier actividad hace que acabes empapado de sudor, y una siesta, el resto de la tarde pasaba con placidez en el bar del Gira Lua. Allí tomábamos cerveza muy fría, compartíamos las fotos del día, hacíamos pasatiempos o jugábamos al pínfano. A Patrick, el chico-para-todo de Djuly, le encantó este juego de dominó cuando se lo enseñamos y solía acompañarnos en las partidas, a veces incluso se traía algún amigo. Quisimos comprarle unas fichas de dominó pero no las vendían en Mosteiros, (en realidad, hay poco que comprar en todo Fogo) de forma que el último día le regalamos las mías.

Jugando al pínfano con Patrick (izda) y su primo
Jugando al pínfano con Patrick (izda) y su primo

Hicimos alguna otra actividad, como un viaje a San Felipe en hiace (el medio de transporte más popular, una furgoneta para pasajeros que toma su nombre de un modelo concreto de Toyota), comer cachupa rica en casa de unos vecinos que celebraban Santa Ana, bañarnos en la playa, visitar una bodega cercana, asistir a la cena de segundo aniversario del Dina, presenciar un concurso popular de canto con motivo de las fiestas… y sin embargo renunciamos a otras como subir al volcán, porque simplemente no nos apeteció hacerlo, o acercarnos en ferry a la pequeña isla de Brava, que puede verse desde San Felipe. En este caso el señor de la agencia de viajes nos advirtió que se esperaba mala mar y era posible que se anulara el viaje de vuelta, lo que nos haría perder además nuestro vuelo. Preferimos no correr el riesgo.

Llegó el día de la despedida. Edie nos llevó al aeropuerto, y allí estuvimos esperando y esperando el avión de Binter que debía salir a las cuatro de la tarde, hasta que nos avisaron de que el vuelo se cancelaba. Había nubes bajas y la pista del aeropuerto de San Felipe no está iluminada, de manera que el piloto, que aterriza a ojo, no tenía visibilidad suficiente para tomar tierra y recogernos. Volverían a intentarlo a las 7 de la mañana del día siguiente, pero eso significaba perder el resto de nuestros vuelos. El empleado del aeropuerto me dijo que tendríamos que dirigirnos al mostrador de Binter cuando llegáramos al aeropuerto de Praia.

Todos los pasajeros fuimos conducidos en hiace a distintos hoteles de San Felipe. A nosotros nos tocó el Seafood, donde nos dieron una cena muy similar a las comidas del Dina (atún, verduras y arroz), pudimos darnos un baño en la pequeña piscina y ducharnos y dormir en una habitación recién reformada. A las 5 de la mañana volvimos a coger la hiace y a las 8, esta vez sí, despegamos hacia Praia.

El vuelo dura apenas media hora. Teníamos una gran incertidumbre porque habíamos perdido ya el resto de nuestros vuelos y no sabíamos cómo podríamos resolver la situación, pero hicimos caso de aquel empleado y nada más aterrizar, mientras Rafa recogía las maletas de la cinta, yo hice cola en el mostrador de Binter para ver qué hacer. No era la única, claro. Casi todos los pasajeros de nuestro vuelo se encontraban en una situación parecida. A unos los condujeron casi en volandas hasta la zona de embarque porque había aviones en los que recolocarlos. A nosotros la empleada nos pidió un poco de paciencia mientras buscaba una solución. Al cabo de dos horas salió a buscarnos y sin muchas explicaciones nos dijo que nos iba a mandar a comer. Nos condujo con otros pasajeros a una hiace que nos llevó a un hotel donde la recepcionista, después de un inicial desconcierto y una llamada de teléfono, nos hizo pasar al restaurante. Después de comer nos condujeron a una habitación y nos preguntaron si queríamos que nos trajeran el equipaje del aeropuerto, puesto que nuestro checkin no era hasta las 3:20 de la madrugada. Ninguna otra explicación. Nos pusimos una vez más en modo Cabo Verde y pasamos el resto del día apaciblemente dando una vuelta por la zona. Al atardecer volvimos al hotel donde nos dieron la cena y pudimos dormir un poco. A la una de la madrugada nos recogió un taxista que nos hizo entrega de unos billetes de avión Praia-Casablanca-Málaga. La empleada de Binter, lógicamente, no estaba en su mostrador del aeropuerto a esas horas, pero gustosamente le habría agradecido sus gestiones. 48 horas después de haber salido de Gira Lua aterrizamos en Málaga, cansados pero contentos. Con la sensación de haber conocido cómo es y cómo se vive en aquella pequeña parte del mundo.

Plural: 3 Comentarios Añadir valoración

  1. Paz dice:

    Ana nos ha gustado mucho tu contribuciòn para hacernos una mejor idea de Foto y para que nos den más ganas de ir.
    Y seguimos esperando tus crónicas Rafa!!!

  2. Sagrario dice:

    Me ha encantado el relato, dan ganas de ir.

  3. Mar Cirujano dice:

    ¡Pues ya terminaste de ponerme los dientes verdes !, ojalá pueda ir algún día

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