32. Carpe Diem

Siempre he tenido un lema en mi vida: “CARPE DIEM” (traducido vulgarmente: «Vive la vida al momento»). Puedo decir que, en conjunto, no me ha ido mal aunque, a lo mejor, un poco más de conservadurismo y menos confianza me habría ido mejor, pero no me arrepiento de nada. He vivido y disfrutado de la vida con más alegrías que sinsabores, al menos yo lo creo así.

Aquí en Cabo Verde sigo aplicando el mismo lema. No tengo nada preconcebido y, aunque lo tuviese, el ritmo de esta gente te hace que los planes que tengas preconcebidos te los tengas que tomar con calma, “NO ESTRES”. Lo que en España pueden ser 10-15 días y todo más o menos claro, aquí se queda simplemente en “mais o menos” (expresión literal muy usada para no comprometerse a nada fijo). Hasta para los horarios se queda a una hora “mais o menos”. Como nos decimos los españoles que vivimos aquí: «hora caboverdiana».

Entonces, lo primero que tienes que hacer es amoldarte a su ritmo, su forma de trabajar y sus costumbres. Esto te puede llevar a que montar la casa “más o menos” se demore hasta tres meses. Te puedes encontrar con todos los electrodomésticos pero sin una silla o una mesa donde sentarte y donde comer, por que eso, al ser artesanal, era también “mais o menos”. Tienes que echarle paciencia e imaginación. Eso sí, te dejan una silla de su casa para que te sientes mientras hacen la tuya. Encima de ella he escrito todos los relatos.

Pues no hay mas remedio que adaptarse y su ritmo marca el tuyo.

La hora de levantarse la marca el panadero. Ya os he dicho que en Mosteiros no hay panaderías como tales. El pan se vende en las “lojas” y, como no estés a tiempo, te puedes quedar sin pan. Hasta que mi amigo Orlando no comprobó que todos los días iba a por mi pan no empezó a guardármelo.

Lógicamente, una vez tienes el pan en tu poder, das comienzo al “pequeño almorzo” (desayuno). Yo, fundamentalmente, tengo dos. Uno españolizado a base de pan con tomate, aceite y sal de ajo y otro, más caboverdiano, a base de jamón de pollo y queso de cabra. Siempre acompañado de una fruta del tiempo.

A partir de ahí empieza la jornada. Lo primero, aprender algo de kriolo que te permita un mínimo de conversación con los nativos y hacer la compra. Ya os he dicho la dificultad de aprender el kriolo, pues es idioma sólo hablado, no hay gramática, no hay libros y, además, cada uno lo escribe como quiere. Yo he conseguido uno de los únicos cuatro libros que hay en la biblioteca municipal escritos en kriolo. Me estoy haciendo mi propio diccionario de palabras y expresiones caboverdianas en una hoja de Excel. Poco a poco. Ayuda que hay muchas palabras portuguesas y que toda la televisión la veo subtitulada en portugués. A esto le dedico casi una hora.

Tengo reservada otra media hora para refrescar mi inglés, pues aunque aquí vale de poco, solo lo hablan algunos emigrantes, es una espinita que tengo clavada, pues lo estoy olvidando completamente. Es un deseo que pronto pondré en práctica.

A partir de aquí empieza la vida de jubilado a plena dedicación. Es hora de salir a comprar si necesito alguna cosa. El primer paso al salir de casa es saludar a mi vecina, una anciana “preta y magrinha” (negra y flaca) que todavía esnifa tabaco.

Vecina sentada en a puerta de su casa

Acto seguido, voy al puerto —pues no hay grandes obras que ver, como los jubilados españoles—, a comprobar las barcas que han salido a pescar (ahora llevan tiempo sin salir porque el mar está revoltoso) para, al final de la mañana, ver la recogida y comprar algo de pescado si se tercia. Entre unas cosas y otras me doy un paseito, no muy largo, es verdad, pero el calor, la mayoría de los días, «está a matar» —que dicen aquí.

Es hora de hacer la comida. Tengo un defecto, pues no sé cocinar para uno sólo y cada vez que cocino me sale para tres días: uno, el que cocino; otro, para congelar y, el tercero, me lo como al día siguiente. He cogido la costumbre caboverdiana de hacer plato único acompañado de arroz.

Cocido

Como buen español y haciendo patria, la SIESTA no la perdono. Siempre he sido de siesta, pero en la cama. Es algo heredado de mi madre, es lo que hay. La siesta es de aquella manera, pues suele ser interrumpida por los que se acercan a venderme algo. He cogido la táctica de cerrar las contraventanas para que parezca que no estoy en casa y hacer oídos sordos.

La tarde es tiempo de lectura y de TV. Ahora prima más la televisión pues al ser con subtítulos en portugués me ayuda a hacerme el duro oído que tengo y a aprender palabras. Para eso busco la palabra que quiero en el diccionario y le doy la paliza a Djuly para saber si es portugués-kriolo o sólo portugués. Si es lo primero, pues al diccionario que me estoy haciendo.

Ahora, por las tardes, he vuelto a hacer pan. He recobrado esa actividad tan gratificante. Echamos peleas Djuly y yo a ver quién hace mejor pan. Ella es más creativa, yo más tradicional, a la hora de las recetas de pan.

Pan

Ya no queda más que cenar y a dormir. Aquí oscurece muy pronto y tengo que hacer grandes esfuerzos para no meterme en la cama a las ocho de la noche.

El día se puede alterar los días de pago. Lo suelo hacer a primeros de mes. Pago mi renta, la luz y el agua (precios muy asequibles en todo). También se altera cuando Pedro o Djuly vienen al centro, que aprovechamos para vernos alrededor de una cervecita o un café, dependiendo de la hora. También tenemos nuestros días de ir a cenar juntos y nuestras escapadas a San Felipe a comprar cosas que a Mosteiros no llegan.

Otra actividad que me encanta es ir a la peluquería. Lo heredé de mi padre. De pequeño solía acompañarle a una peluquería de la calle Princesa donde le hacían hasta la manicura. Siempre me ha gustado y además aquí te hacen todo a conciencia, siguen su ritmo caboverdiano. Aunque no lo necesite, voy dos veces al mes, pues por lo que cuesta, me lo puedo permitir. Por menos de dos euros te dejan tuneado con tu colonia y tus polvos de talco.

Los fines de semana son días caseros pues el pueblo se «muere». Parece una ciudad muerta. Sólo los domingos por la mañana la gente va a Misa. El resto del día no ves a casi nadie por las calles.

Esta es mi tranquila y simple vida de jubilado, a grandes rasgos.

Lo espectacular queda para más adelante. Tengo excursiones pendientes, que quedan reservadas a cuando alguien se digne a visitarme o si no empezaré en un par de años, pues el año que viene tengo pensado visitar a la familia en España. En Fogo la gran visita es el volcán, que entró en actividad hace cuatro años. La cercana isla de Brava, isla pequeñita pero coqueta y muy bien conservada y cuidada. Tiene un sitio llamado la Pequeña Sintra, que dicen que es una maravilla. Mindelo, la capital cultural de Cabo Verde, que está en la isla de San Vicente…

Ya sabéis el por qué y el qué de este jubilado. Con esto termino los escritos periódicos. A partir de ahora solo escribiré cuando tenga algo relevante que contaros. Por ejemplo, este mes se celebra la fiesta del café en Mosteiros, mi pueblo, que es uno de los grandes productores de café en Cabo Verde, y tendréis la crónica de la fiesta, que dura dos días llenos de actividades, concursos y conciertos.

Besos y abrazos para todos los que habéis seguido mis escritos. Esto no es una despedida, solo un cambio de ritmo. Hasta el próximo escrito, que os lo seguiré anunciando en Facebook.

¡Hasta más pronto!

Plural: 3 Comentarios Añadir valoración

  1. PILAR CIRUJANO MARIN dice:

    Que bonito relato de tu vida cotidiana. Menos mal que llegarán fiestas o acontecimientos importantes para que vuelvas a escribir y yo a disfrutar con ellos. Me gustan muchísimo. Besos

  2. Paz dice:

    Saber que estás viviendo como has elegido es fantástico, a fin de cuentas , hacerse mayor con sabiduría no es más que vivir en paz, ligero de equipaje. Aquí quedamos esperando tus escritos cuando los tengas para compartir. Buena vida hermano!

  3. Mar dice:

    Suertudo ! Disfruta mucho !
    Estaré esperando tus “ historias “.
    Un abrazo

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